Cielo
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E
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n la Biblia, las palabras
hebreas y griegas traducidas “cielo” producen un polisémico, pues, atendiendo al contexto en que se
emplea, adquiere distintos significados. Este escrito tratará exclusivamente de
la acepción referida a la morada divina.
Para quien
no ha estado en esa dimensión es prácticamente imposible comprenderla. Es como
intentar describir los colores a un ciego nato o una melodía sinfónica a un sordo
congénito. Por ello, las Escrituras aluden a realidades celestiales mediante
antropomorfismos y alegorías inspiradas en nuestra dimensión. Por ejemplo,
tanto al Creador, su “unigénito” y al resto de criaturas angélicas son
atribuidos anatomía y acciones humanoides (como sentarse, erguirse, escribir,
hablar, aferrar, cabalgar, ver, oír, etc.). De hecho, a los querubines se les
describe como criaturas polifacéticas (cada rostro de un ser terrestre distinto),
con tres pares de alas y multiplicidad de ojos. Además, tanto ellas como los
serafines y ángeles de menor rango, al ser alados, pueden “volar”.
Claro,
todos esos son símbolos; no son literales. ¿Cómo lo sabemos? Es que al ser
inmateriales, los seres espirituales no tienen cuerpos tangibles, así que no
precisan piernas o alas para desplazarse u ojos y oídos para ver y oír; los
átomos y las fuerzas que los gobiernan no los definen. Por ello, aunque muchos
profetas “vieron” y “oyeron” sucesos ocurridos en el cielo, en realidad no
pudieron “entender” lo que presenciaban (Da 12:8). El propio Jesús dijo: “Si les he dicho cosas
terrenales y sin embargo no creen, ¿cómo creerán si les digo cosas celestiales?”
(Jn 3:12). Sí, como es una dimensión desconocida y totalmente ajena a la nuestra, es incomprensible estando fuera de ella.
Por otra parte, es significativo que el relato creativo del Génesis sea totalmente compatible con los descubrimientos científicos a pesar de emplear un lenguaje tan sencillo, como si se tratase de la
perspectiva de un observador terrestre. Es como explicar física cuántica
incluyendo ilustraciones ordinarias.
Ahora bien, ¿Es posible ir al cielo? Claro, pero como “carne y sangre no pueden” acceder a esta dimensión, esto implica que el humano transferido tiene que sufrir una transformación: tiene que “nacer de nuevo” (Jn
3:3). En efecto, deja de ser materia para convertirse en un ser espiritual; es
“cambiado” (1 Co 15:50,51).
Dicho cambio es tan radical que es considerado una “nueva creación” (2 Co
5:17). Una vez allá, ‘ni se casa ni se da en matrimonio. De
hecho, tampoco puede ya morir, porque es como los ángeles’ (Lu 20:35,36). Es como el viento que
“sopla donde quiere”, invisible e impredecible (Jn 3:8).
Por otro lado, ¿Puede alguien de la región
de los espíritus infiltrarse en nuestro mundo? En absoluto. De hecho, algunos
demonios se materializaron cuerpos humanos en tiempos de Noé y hasta
engendraron una prole híbrida (semidioses). Durante el diluvio, se despojaron
de sus cuerpos corruptibles y eludieron la muerte. Desde entonces, están
limitados; sólo pueden habitar el cuerpo de un humano y controlarlo (posesión
demoníaca). Otra vez, esto es posible debido a que son etéreos. De lo
contrario, dos cuerpos no pueden ocupar el mismo lugar en el espacio.
La verdad
es que los humanos somos miopes respecto a lo que podemos conocer. Nos cuesta
comprender hasta las formas de vida más simples o aún el átomo. Y es que, desde
lo inconmensurable hasta lo infinitesimal, las galaxias y el mundo cuántico,
todo es materia y energía ordinarias y está sujeto a leyes físico-químicas
inquebrantables. Aun así, toda esa materia y energía constituye solo un 4% de
la composición del cosmos, el resto es un 22% materia oscura y un 74% energía
oscura, o sea, energía incomprendida.
Para
empeorar las cosas, el tejido cósmico de espacio-tiempo es relativo. No es que
sea ficticio sino que nos gasta bromas, pues es ilusorio. Me explico: para
interactuar con nuestro entorno nos valemos de nuestros órganos sensoriales.
Sin embargo, el conocimiento adquirido es una interpretación ofrecida por la
comunidad de neuronas que, mediante actividad electroquímica, transforma dichas
señales o estímulos en ondas electromagnéticas. Por tanto, los colores y formas
que vemos, los sonidos que oímos, etc. está limitado a lo que podemos percibir
y su interpretación por nuestro cerebro.
Detengámonos
un momento y reflexionemos en esto más detalladamente. La luz que vemos
constituye una estrecha franja en el espectro electromagnético. Las demás ondas
son indetectables. Así que la luz infrarroja, la polarizada, la ultravioleta,
etc. todas ellas pasan inadvertidas. Lo mismo ocurre con las ondas sonoras. Las
que se propagan con una frecuencia ultrasónica o infrasónica son
imperceptibles. Además, lo que vemos depende del comportamiento de la luz sobre
las superficies donde incide. Efectos como la refracción y reflexión de esta y
la iridiscencia son intrigantes.
Paralelamente,
consideremos también los sabores y olores artificiales y los efectos placebo de
los medicamentos. O el identificar un objeto estando con los ojos vendados y al
final descubrir que nuestro tacto nos mintió. Aún más, condiciones fisio-psicológicas
como el daltonismo, la sinestesia y ciertos tipos de autismo conducen hacia una
interpretación distinta de la realidad. En fin, las apariencias engañan. En
todos los casos los sentidos juegan con nuestra interpretación de la realidad,
impidiéndonos describirla objetivamente. ¡Qué osados somos al pretender
entender dimensiones y realidades ajenas a esta!
En cambio,
el Creador no está sujeto a las leyes que rigen nuestra realidad. Como ser
interdimensional, el espacio no lo restringe y el tiempo no le afecta. Es el
“Anciano de Días”, el “alfa y el omega”. No mora ni “en templos hechos de
manos” ni en el entero universo. No está allí ni allá ni en todas partes a la
vez. Sin embargo, al estar en otra dimensión tiene una posición privilegiada
para comprender todo y estar al tanto de todo, por eso es Omnisapiente y da la
impresión de ser omnipresente. Para quienes están acostumbrados a medir el paso
del tiempo por la evolución de las cosas, las cuales inician, se desarrollan,
se deterioran y finalmente dejan de ser, la sola posibilidad de algo sin
principio ni final y que no haya cambiado es inaudito, inadmisible. Lo finito es
antagónico a lo infinito.
Por cierto,
la materia y la energía son interconvertibles. No podemos crear materia ni
energía porque la cantidad de materia y energía hoy existentes en nuestro
universo ha sido la misma desde el inicio. No obstante, podemos transformar la
energía en materia y viceversa. Por igual, la energía puede adoptar diversas
formas y la materia, mediante reacciones químicas y nucleares, se convierte en
otras sustancias. Y, sin embargo, tales ciclos de producción y degradación son
perpetuos e inalterables. Así que las cosas cambian y continuarán cambiando.
Nuestra dimensión
debe parecer, desde una perspectiva divina, una simulación, una “realidad
virtual”, una “copia de la realidad” pero no la realidad misma, como ocurría
con el tabernáculo y el templo espiritual. Bien lo dice la Biblia: “en el cielo, ni polilla
ni moho consumen”, nada se deteriora, nada cambia ni se transforma (Mt 6:20). En ese sentido, se
podría decir que el cielo es más real que todo el cosmos, pues “las cosas que se ven
son temporales, pero las que no se ven son eternas” (2 Cl 4:18).
Pero no nos frustremos. El hecho de que algo sea incomprensible no descarta su existencia. Por ejemplo, los científicos no comprenden del todo la dualidad onda-partícula de los fotones y electrones, el
mundo subatómico con sus quarks, leptones, fermiones y bosones y el
entrelazamiento cuántico. El principio de incertidumbre impide que determinemos
la posición y velocidad de tales partículas.
Por otra parte, las teorías general y
restringida (especial) de la relatividad de Einstein nos advierten que todo es
relativo, que podemos viajar en el tiempo y que los objetos supermasivos distorsionan
el espacio-tiempo. De hecho, la velocidad con que se mueve la materia afecta su
densidad y el paso del tiempo en torno a ella. Además, al estar en movimiento,
podemos viajar hacia el pasado o hacia el futuro en relación a un punto
determinado del cosmos.
Como hemos visto, nuestra misma dimensión
está llena de acertijos enigmáticos. Por consiguiente, evitemos ser categóricos
en las sentencias y radicales en los juicios. La investigación científica
tiene sus limitaciones: ha de basarse en la observación y el estudio, pues de
lo contrario sería pura teoría o especulación. Como “Dios es un Espíritu”, no pueden
aplicársele los métodos científicos de escrutinio (Jn 4:24).
Por tanto, es arrogante
rechazar la fe en Dios argumentando que carece de rigor científico. Sir Vincent
Wigglesworth, de la Universidad de Cambridge, comentó que el método científico
es “un enfoque de tipo religioso”. ¿En qué sentido? “Se funda en la fe
incuestionable en que los fenómenos naturales se conforman a las ‘leyes de la
naturaleza’”, añadió. De modo que ¿no está sustituyéndose un tipo de fe
por otro cuando se niega la existencia de Dios? A veces, la incredulidad es
producto del rechazo deliberado de la realidad. “El inicuo, conforme a su
altanería, no hace investigación; todas sus ideas son: ‘No hay Dios’”,
escribió el salmista (Sl 10:4).
El Creador, Artífice del cosmos, existe y
manipula su creación a voluntad como lo hace un alfarero con el barro o un diseñador
de software con un videojuego. Son tan claras las pruebas de su existencia y, nosotros, que somos seres racionales, podemos verlas, que carecemos de motivos para ignorarlas. Así es, quienes no las ven y se niegan a creer en
Dios “son inexcusables”. Si queremos conocerlo y ser sus amigos tenemos que acercarnos a él.
“Estando él en otra dimensión, es imposible
conocerlo y acercarse a él” Quizá repliquemos. Mas, por sorprendente que
parezca, Dios es inteligible, pues se nos ha revelado a través de su creación. “Las cualidades
invisibles de [Dios] se ven claramente desde la creación del mundo en adelante,
porque se perciben por las cosas hechas, hasta su poder [eterno] y Divinidad,
de modo que ellos son inexcusables” (Ro 1:20). Tal como un artista firma su obra de arte, la creación lleva la firma de su Creador. “Los cielos están declarando la gloria de Dios; y
de la obra de sus manos la expansión está informando” (Sl 19:1).
Aunque su grandeza es
sublime, quienes sinceramente desean acercarse a él siempre pueden hacerlo. Y es que él “no está muy lejos de cada uno de
nosotros” (Hch 17:27). Con todo, las
únicas personas a las que él concede tal intimidad son las que, como Pablo
dijo, están dispuestas a ‘buscarlo’, e incluso a ‘buscarlo a tientas’. Sí, podemos estar seguros de
que él recompensará nuestros esfuerzos; “verdaderamente lo halla[remos]”.
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