Evolución: la realidad tras la ficción
humano, ser
inevitable y persistentemente inquisitivo, pretende dar una explicación
“satisfactoria” a su universo. Y, algunas de las respuestas propuestas a los
acertijos más enigmáticos, revelan que nuestra imaginación desconoce fronteras.
Sí, hemos trascendido lo descabellado al pretender responder los interrogantes
más ancestrales.
Ya que la religión y la filosofía nos han
decepcionado, hemos recurrido a la “piedra filosofal” del conocimiento, el
“santo grial” de las respuestas: la ciencia. Acordamos totalmente en que al ser
seres “racionales” hemos fiarnos de la razón al estudiar nuestra realidad. Si
algo nos parece ilógico o no tenemos evidencias para demostrarlo, concluimos
que es falso, una mentira, un mito.
Sin embargo, nuestro aprendizaje está sujeto
a influencias externas e internas y se moldea por ellas. Presumimos de ser
totalmente originales o pioneros con una idea, pero la verdad es que nuestro
saber ha sido transmitido por otros y sus ideas migraron de su mente a la
nuestra. Esas “ideas preconcebidas” nublan nuestro juicio, impidiéndonos ser
neutrales e imparciales. Con prejuicios es imposible ser objetivos en las
sentencias. Por tanto, creemos, no lo que deberíamos creer sino lo que nos
gusta o agrada creer.
Por otro lado, solemos dar por sentadas
ciertas ideas, como si tales fueran verdades absolutas e innegables. Y es que,
mientras más popular es un enunciado, menos probable es que lo cuestionemos.
Además, el prestigio es avasallante; si alguna idea cuenta con el respaldo de
una figura de autoridad o esta es de su autoría, nos resignamos a secundarla
sin reparos. Mas, esto es un error. No porque algo lo diga un científico es
automáticamente cierto. De hecho, la comunidad científica está dividida: nunca
hay un consenso enteramente unánime. Y esto es más marcado en lo que a las
teorías se refiere, como la teoría de los agujeros negros, la teoría de las
cuerdas, y hasta la mismísima teoría de la evolución.
Es cierto que una teoría es más que una
simple conjetura. Me explico: mientras las hipótesis son postulados previos a
los experimentos, las teorías son posteriores a estos. Las teorías, por
consiguiente, validan las hipótesis y suelen ser concluyentes. No obstante, aun
las teorías pueden estar sesgadas. Es decir, los resultados de los experimentos
desacreditan algunas teorías por carecer de evidencias reales que las
demuestren. Y, sin embargo, como el investigador no logra conciliar las
observaciones primarias con la carencia de pruebas y sus convicciones
personales, se arriesga a suponer que eventualmente tales “aparecerán”.
Hasta este punto es oportuno aclarar dos
cosas: primero, la evolución legada por Darwin no cuenta con el respaldo de
todos los científicos prominentes. Segundo, el evolucionar, o cambiar, es un
hecho. Todo lo tangible e intangible en este universo nuestro está sujeto a
cambios. La materia y la energía están constante e imperceptiblemente
transformándose la una en la otra. Por ello, la materia que vemos en un
instante ya no es la misma el otro.
Ahora bien, ¿cuáles son los puntos débiles de
la teoría de la evolución? Por otra parte, ¿cómo se explica la diversidad de
especies? Por último, si todo cambia, ¿hay límites infranqueables para tales
cambios? ¿“Quién” establece las “leyes” de lo animado e inanimado?
“La evolución es una realidad tan innegable
como el calor del Sol”, asevera el destacado biólogo evolucionista Richard
Dawkins. Que el Sol es caliente, es demostrable tanto por observación directa como
por experimentos. Pero ¿es posible probar de forma incuestionable la validez de
la teoría de la evolución basándose en la observación y la experiencia?
Antes de responder a esta pregunta, cabe
aclarar algo. Los científicos han notado que los seres vivos pueden
experimentar cambios menores a lo largo de generaciones. Por ejemplo, mediante
el cruzamiento selectivo, los criadores de perros obtienen individuos con patas
más cortas o pelo más largo que sus antecesores. Algunos científicos engloban
estos leves cambios bajo el nombre de microevolución.
Los evolucionistas afirman que la acumulación
gradual de pequeños cambios en el lapso de miles de millones de años provocó
los grandes cambios necesarios para que los peces se convirtieran en anfibios y
los simios en hombres. Este hipotético proceso recibe el nombre de
macroevolución.
Charles Darwin enseñó, por ejemplo, que las
pequeñas variaciones observadas en la naturaleza indican que cambios mucho
mayores —que nadie ha presenciado— también son posibles. Según él, ciertas
formas de vida primigenia, supuestamente simples, sufrieron una serie de
“modificaciones ligerísimas” a lo largo de vastos períodos de tiempo hasta
originar los millones de formas vivas que hay en la Tierra.
Muchos consideran lógico este postulado.
Razonan que si en una especie pueden ocurrir variaciones menores, ¿por
qué no podría la evolución producir modificaciones mayores a lo largo
de extensos períodos de tiempo? Pero la realidad es que la teoría evolucionista
descansa sobre tres mitos. Veamos.
Mito 1. Las mutaciones proveen la materia prima para
la creación de nuevas especies. La teoría de la macroevolución gira en torno a
la idea de que las mutaciones —cambios aleatorios en el código genético de
plantas y animales— pueden originar no solo nuevas especies, sino familias
completamente nuevas.
Realidad. Muchos de los caracteres de las plantas y los
animales vienen determinados por las instrucciones del código genético, los
planos contenidos en el núcleo de cada célula. Aunque se ha descubierto que las
mutaciones pueden producir alteraciones en los descendientes de los seres
vivos, ¿generan de verdad especies enteramente nuevas? ¿Qué ha revelado un
siglo de investigaciones en el campo de la genética?
A finales de la década de 1930, la
comunidad científica abrazó efusivamente una novedosa idea. Si la
selección natural —el proceso por el que las criaturas mejor adaptadas al medio
sobreviven y se propagan— podía producir nuevas especies vegetales a partir de
mutaciones aleatorias, como se pensaba, seguro que el hombre sería capaz de
hacer lo mismo, y de un modo más efectivo, mediante la selección artificial de
las mutaciones. “Se desató la euforia entre los biólogos en general y entre los
genetistas y criadores en particular”, dice Wolf-Ekkehard Lönnig, científico
del Instituto Max Planck para la Investigación de la Reproducción Vegetal en
Alemania. ¿Por qué tanta euforia? Lönnig, quien lleva unos treinta años
estudiando las mutaciones genéticas en vegetales, explica: “Los investigadores
pensaron que había llegado la hora de revolucionar el método tradicional de
crianza de plantas y animales. Creyeron que provocando mutaciones y
seleccionando las que fueran beneficiosas obtendrían nuevas y mejores
variedades”. Algunos hasta esperaban ver surgir especies completamente
nuevas.
Gracias a generosos aportes, científicos de
Estados Unidos, Asia y Europa pusieron en marcha programas de investigación en
los que emplearon métodos que prometían acelerar el proceso evolutivo. ¿Qué
resultados arrojaron más de cuatro decenios de intensa labor? “Pese a todo el
dinero invertido —afirma el investigador Peter von Sengbusch—, los intentos de
conseguir variedades de mayor rendimiento mediante radiación [para inducir
mutaciones] fracasaron ostensiblemente.” Y Lönnig señala: “Para los años
ochenta, las esperanzas y la euforia de los científicos habían terminado en un
fracaso mundial. La selección por mutación como una rama autónoma de
investigación fue abandonada por los países occidentales. Casi todos los
mutantes [...] morían o eran más débiles que las variedades silvestres”.
Las investigaciones de cien años sobre las
mutaciones en general y de setenta años sobre la selección por mutación en
particular bastan para que los científicos determinen si es posible que las
mutaciones generen nuevas especies. Después de examinar las pruebas, Lönnig
concluyó: “Las mutaciones no pueden transformar una especie original
[vegetal o animal] en otra totalmente nueva. Esta conclusión armoniza con los
resultados de todos los experimentos y estudios sobre mutaciones realizados en
el siglo XX, así como con las leyes de la probabilidad”.
Por tanto, ¿pueden las mutaciones convertir
una especie determinada en una completamente distinta? Las pruebas demuestran
que no. Los estudios de Lönnig lo llevaron a concluir que “las especies
debidamente definidas tienen límites claros que las mutaciones accidentales
no pueden eliminar ni traspasar”.
Lo anterior tiene muchas implicaciones.
Si científicos consumados son incapaces de producir nuevas especies
induciendo mutaciones y preservando las que sean útiles, ¿qué probabilidades
hay de que un proceso carente de inteligencia lo haga mejor? Si las
investigaciones demuestran que las mutaciones no pueden transformar una
especie original en otra totalmente diferente, ¿cómo, entonces, podría tener
lugar la macroevolución?
Mito 2. La selección natural condujo a la creación
de nuevas especies. Darwin creía que el proceso que llamó selección natural
favorecía a las formas de vida mejor adaptadas al medio y que las menos
adaptadas al final se extinguían. En la actualidad, los evolucionistas
enseñan que al dispersarse las especies y quedar aisladas, la selección natural
preservó a los individuos cuyas mutaciones genéticas los hicieron más aptos
para sobrevivir en el nuevo ambiente. Con el tiempo, conjeturan, estos grupos
aislados dieron origen a especies totalmente nuevas.
La realidad. Como se ha señalado, las pruebas indican de
manera enfática que las mutaciones no producen formas completamente nuevas
de plantas o animales. Pues bien, ¿en qué se basan los evolucionistas para
afirmar que la selección natural elige las mutaciones favorables a fin de crear
nuevas especies? Un folleto editado en 1999 por la Academia Nacional de
Ciencias de Estados Unidos cita como ilustración “las trece especies de
pinzones estudiados por Darwin en las Galápagos, hoy conocidos como pinzones de
Darwin”.
En la década de 1970, un equipo de
investigación dirigido por Peter y Rosemary Grant, de la Universidad de
Princeton, estudiaron estos pinzones y descubrieron que tras un año de sequía
en las islas, los de pico un poco más grande sobrevivieron mejor que los de
pico más pequeño. Dado que la observación de la forma y el tamaño del pico
constituye uno de los principales medios para distinguir cada una de las trece
especies, se otorgó gran importancia a este hallazgo. El folleto de la Academia
agrega: “Los Grant calculan que si, por término medio, ocurre una sequía por
década, surgiría una nueva especie de pinzón al cabo de solo doscientos años”.
Sin embargo, el folleto no menciona que
en los años posteriores a la sequía los pinzones de pico más pequeño volvieron
a predominar. Los investigadores descubrieron que tras el cambio climático, los
pájaros de pico más grande dominaron por un año, pero luego fue justo al revés.
También notaron que algunas de las distintas “especies” se cruzaban y producían
descendientes que sobrevivían mejor que sus progenitores. Concluyeron que, de
persistir el cruce, podría darse el caso de que dos “especies” se fusionaran en
una.
Entonces, ¿puede la selección natural
realmente crear especies nuevas? Hace varias décadas, el biólogo evolucionista
George Christopher Williams cuestionó si la selección natural tenía tal
capacidad. En 1999, el teórico de la evolución Jeffrey H. Schwartz
escribió que la selección natural quizás ayude a las especies a adaptarse a las
cambiantes exigencias de la existencia, pero en ningún caso crea nada nuevo.
Efectivamente, los pinzones de Darwin
no se han transformado en “nada nuevo”. Siguen siendo pinzones. Y el
hecho de que se crucen pone en entredicho los criterios que emplean ciertos
evolucionistas para definir una especie. El caso de estos pájaros también
revela que hasta las más prestigiosas instituciones científicas son capaces de
presentar la información de manera sesgada.
Mito 3. El registro fósil documenta los cambios de
la macroevolución. El folleto antes mencionado deja al lector con la impresión
de que los restos fósiles hasta ahora descubiertos documentan sobradamente la
macroevolución. Dice: “Se han hallado tantas formas intermedias entre peces y
anfibios, entre anfibios y reptiles, entre reptiles y mamíferos y dentro de la
cadena evolutiva de los primates, que en muchos casos resulta difícil precisar
cuándo se produce la transición de una especie a otra”.
La realidad. La anterior aseveración sorprende bastante.
¿Por qué? Niles Eldredge, acérrimo evolucionista, declara que el registro fósil
no revela una acumulación gradual de cambios, sino que durante largos
períodos de tiempo “se acumulan pocos o ningún cambio evolutivo en la mayoría
de las especies”.
Al presente, por toda la Tierra se han
desenterrado y catalogado unos doscientos millones de fósiles grandes y miles
de millones de fósiles pequeños. Muchos científicos concuerdan en que este
vasto y detallado registro prueba que los principales grupos de animales
aparecieron de repente y se mantuvieron prácticamente inalterados, y que muchas
especies desaparecieron con la misma rapidez con que llegaron.
¿Por qué insisten tantos evolucionistas
prominentes en que la macroevolución es un hecho? El influyente
evolucionista Richard Lewontin admitió con franqueza que muchos científicos
no dudan en aceptar hipótesis no confirmadas porque tienen “un
compromiso previo, un compromiso con el materialismo”. Se niegan a
considerar siquiera la posibilidad de que exista un Diseñador inteligente
porque, como escribe Lewontin, “no podemos permitir que un Ser Divino ponga el
pie en la puerta”.
La revista Scientific American recoge el siguiente
comentario del sociólogo Rodney Stark: “Desde hace doscientos años se viene
promocionando la idea de que para ser un hombre de ciencia hay que liberar la
mente de las cadenas de la religión”. También señala que en las universidades
donde se realizan labores de investigación, “la gente religiosa se queda
callada”.
Si vamos a aceptar como válida la teoría de
la macroevolución, hay que creer que los científicos agnósticos o ateos
no se dejarán influir por sus convicciones personales a la hora de
interpretar sus hallazgos. Hay que creer que las mutaciones y la selección
natural produjeron todas las formas complejas de vida, pese a que un siglo de
investigaciones ha demostrado que las mutaciones no han transformado
ni una sola especie debidamente definida en otra totalmente distinta. Hay
que creer que todas las criaturas evolucionaron de manera gradual a partir de
un antepasado común, aunque el registro fósil indique con contundencia que las
principales clases de plantas y animales aparecieron de súbito y
no evolucionaron hasta convertirse en otras, ni siquiera en el
transcurso de millones de años. ¿Le parece que esta clase de creencia se basa
en realidades, o en mitos? Sin duda, creer en la evolución es un acto de “fe”.
Pero aún queda una pregunta en pie: ¿cómo
surgieron las especies?
Para contestar dicha pregunta, haremos acopio
de un relato muy antiguo mas no arcaico: la narración de Génesis. Y, como sucede en el caso de otras cosas que son mal
representadas o malinterpretadas, el primer capítulo de la Biblia merece por lo
menos una audiencia imparcial. Lo que es necesario hacer es investigar con el
fin de determinar si la narración armoniza con los hechos conocidos, no
amoldarla de modo que encaje en alguna armazón teórica. También debe recordarse
que el relato de Génesis no fue escrito para mostrar el “cómo” de la creación.
Más bien, informa progresivamente sobre acontecimientos abarcadores e
importantes; describe las cosas que fueron formadas, el orden en que se dio
forma a estas, y el espacio de tiempo, o “día”, en que cada una apareció
originalmente.
Al examinar el relato de Génesis, es útil
tener presente que este aborda los asuntos desde el punto de vista de un
observador terrestre.
Muchas personas sostienen que la ciencia
refuta el relato bíblico de la creación. Sin embargo, la verdadera
contradicción no es entre la ciencia y la Biblia, sino entre la ciencia y
las opiniones de fundamentalistas cristianos, como los creacionistas. Varios de
estos grupos defienden el falso concepto de que la Biblia enseña que el
universo físico fue creado en seis días de veinticuatro horas hace unos diez
mil años.
No obstante, la Biblia no respalda tal
conclusión. Si lo hiciera, muchos de los descubrimientos científicos de
los últimos cien años la desacreditarían, y con razón. Un análisis cuidadoso
del texto bíblico revela que este no choca con los hechos científicos demostrados.
Antes de aludir a lo que las Escrituras dicen sobre el origen de las especies veamos
qué enseñan realmente estas sobre otros asuntos relacionados con el particular.
El Génesis se abre con esta sencilla y
poderosa declaración: “En el principio Dios creó los cielos y la tierra”
(Génesis 1:1). Algunos eruditos coinciden en que aquí se describe una acción
distinta de la actividad que tuvo lugar en los días creativos mencionados a
partir del versículo 3. Las palabras de apertura de la Biblia son de gran
trascendencia, pues indican que el universo, incluida la Tierra, ya había
existido por una cantidad indefinida de tiempo antes de que comenzaran los días
creativos.
Los geólogos calculan la edad de la Tierra en
cuatro mil millones de años, y los astrónomos estiman la del universo en quince
mil millones. ¿Contradicen estas cifras, o los nuevos cálculos que puedan venir
en el futuro, las palabras de Génesis 1:1? No, pues la Biblia no precisa la
edad real de “los cielos y la tierra”. Así que la ciencia no desmiente el
texto bíblico.
Ahora bien, ¿fueron los días creativos
períodos de veinticuatro horas? Hay quienes afirman que como Moisés —el
escritor de Génesis— relacionó el día de descanso que siguió a los seis días
creativos con el sábado semanal, cada uno debió durar veinticuatro horas
literales (Éxodo 20:11). ¿Avalan las palabras de Génesis esta conclusión?
No. El caso es que la palabra hebrea que
se traduce “día” puede designar espacios de tiempo de diversa duración,
no solo de veinticuatro horas. Por ejemplo, al resumir la obra creativa de
Dios, Moisés englobó los seis días de la creación en uno solo (Génesis 2:4).
Por otra parte, el primer “día” creativo, “Dios empezó a llamar a la luz Día,
pero a la oscuridad llamó Noche” (Génesis 1:5). Aquí, el término “día” se
aplica a una fracción del período de veinticuatro horas. Queda claro, pues, que
la hipótesis de que cada día creativo duró veinticuatro horas es arbitraria y
carece de fundamento bíblico.
Entonces, ¿cuánto duraron los días creativos?
Aunque la Biblia no lo especifica, la redacción de los capítulos 1 y 2
de Génesis indica que se trató de extensos períodos de tiempo.
Moisés escribió su relato en hebreo, y lo
hizo desde la perspectiva de un observador terrestre. Estos dos factores,
aunados al hecho de que el universo ya existía antes de que empezaran los días,
o períodos creativos, ayudan a difuminar en gran parte la polémica en torno al
relato de la creación. ¿De qué manera?
Un examen atento del relato bíblico deja ver
que algunos sucesos que se iniciaron en un “día” concreto se extendieron a uno
o más de los siguientes “días”. Así, por ejemplo, antes de que comenzara el
primer “día” creativo, ya existía el Sol; pero había algo, posiblemente nubes
densas, que impedía que su luz alcanzara la superficie terrestre (Job 38:9).
En el transcurso del primer “día” empezó a disiparse dicha barrera,
permitiendo el paso de la luz difusa a través de la atmósfera.
El segundo “día”, la atmósfera evidentemente
siguió despejándose, creando un espacio entre las densas nubes arriba y el
océano abajo. El cuarto “día”, la atmósfera se aclaró tanto que el Sol y
la Luna se hicieron visibles “en la expansión de los cielos” (Génesis 1:14-16).
En otras palabras, desde la perspectiva de un observador en la Tierra,
empezaron a divisarse el Sol y la Luna. Estos acontecimientos se produjeron de
forma paulatina.
El relato de Génesis también dice que en el
quinto “día”, según iba aclarándose la atmósfera, fueron apareciendo las aves
y, al parecer, los insectos voladores y otras criaturas con alas membranosas.
La narración bíblica deja abierta la
posibilidad de que algunos de los principales sucesos de cada “día”, o período
creativo, ocurrieran de un modo gradual y no instantáneo y de que incluso
se prolongaran hasta los siguientes “días”.
Por otro lado, el relato de la creación que
se encuentra en el primer capítulo de Génesis manifiesta que Jehová Dios creó a
todas las criaturas vivientes de la Tierra “según sus géneros”. (Gé 1:11) Hacia
la parte final del sexto día creativo ya habían sido creadas gran variedad de
familias ‘genéricas’ básicas sobre la Tierra, que comprendían formas de vida muy
complejas, todas ellas con la facultad de reproducirse, de acuerdo con un
patrón fijo y ordenado, “según sus géneros”. (Gé 1:12, 21,
22, 24, 25; 1Co 14:33.)
Los “géneros” mencionados en la Biblia
parecen constituir divisiones de formas de vida, en las cuales pueden
producirse cruces fértiles. En tal caso, el límite que separa unos “géneros” de
otros tiene que trazarse en el punto donde ya es imposible la fertilización.
En años recientes el término “especie” se ha
usado de tal manera que ha causado confusión al compararlo con la palabra
“género”. El sentido primario de “especie” es “conjunto de cosas que forman un
grupo, por tener uno o varios caracteres comunes”, pero en el campo de la
biología se aplica a conjuntos de animales o plantas que pueden fecundar entre
sí y que tienen una o varias características comunes. Por lo tanto, podría
haber muchas especies o variedades dentro de cada uno de los ‘géneros’ de
Génesis.
Tanto por la explicación de la creación que
se da en la Biblia como por las leyes implantadas por Dios para el control del
mundo natural, es perfectamente explicable la gran diversidad que se observa
dentro de cada “género” creado, pero no hay base alguna para sostener,
como hacen algunos, que desde que terminó el período creativo han aparecido
nuevos “géneros”. La regla invariable de que no puede haber procreación
entre “géneros” distintos responde a un principio biológico hasta la fecha
incuestionable. Ni siquiera con la ayuda de avanzados laboratorios y la
tecnología moderna se han podido formar en la actualidad nuevos “géneros”.
Además, la fecundación entre “géneros” distintos afectaría el propósito divino
de tener familias genéricas separadas y destruiría la individualidad de las
diversas especies de criaturas vivientes, flora y fauna en general. Por
consiguiente, en vista de la evidente diferenciación de los “géneros” creados,
se puede considerar que un “género” es una unidad separada e independiente de
los demás.
Desde que existen registros hasta hoy, los
perros siempre han sido perros, los gatos, gatos, y los elefantes han sido y
serán elefantes. La esterilidad sigue siendo el factor delimitante de lo que
constituye un “género”. Este fenómeno hace posible —mediante la prueba de la
esterilidad— determinar los límites de todos los “géneros” que existen hoy.
Mediante esta prueba natural de fertilización, es posible descubrir las
relaciones primarias dentro del mundo animal y vegetal. Por ejemplo, la
frontera de la esterilidad representa un vacío infranqueable entre el hombre y
los animales. Pruebas de apareamiento que se han realizado demuestran que el
mero parecido entre dos “géneros” no es un criterio válido para
catalogarlos como de la misma especie. Si bien el hombre y el chimpancé tienen
algún parecido entre sí, músculos y osamenta semejantes, la total imposibilidad
de conseguir un híbrido de hombre y antropoide demuestra que estamos ante dos
creaciones separadas que no corresponden al mismo “género” creado.
Hubo un tiempo en el que se pensó que la
hibridación sería el mejor medio de producir un nuevo “género”, pero en todos
los casos en los que supuestamente se había conseguido un resultado positivo,
se pudo demostrar con relativa facilidad que los individuos apareados eran de
un mismo “género”, como en el caso del caballo y del burro, ambos équidos. El
resultado de este cruce es la mula, que, salvo en raras excepciones, es estéril
y, por lo tanto, incapaz de reproducirse por el medio natural. El propio
Charles Darwin se vio obligado a reconocer que la “distinción de las formas
específicas y el no estar ligadas entre sí por innumerables [eslabones] de
transición, es una dificultad muy evidente”. (El origen de las especies,
editorial EDAF, 1985, cap. 10, pág. 315.) Esta afirmación sigue siendo
cierta.
Si bien es posible que el número de “géneros”
creados se limite a unos centenares, existen en el mundo muchas más variedades
de animales y plantas. Según la investigación moderna, en una misma familia
botánica puede haber hasta centenares de miles de plantas diferentes. Algo
parecido sucede en el reino animal; por ejemplo, en el “género” de los félidos
puede haber una gran variedad de gatos, al igual que hay variedad entre los
bóvidos, los cánidos y hasta en la especie humana, lo que ha producido una gran
diversidad dentro de cada “género”. Pero aun así, prevalece un hecho
fundamental: sin importar cuánta variedad haya dentro de ellos no puede
haber fusión genética entre estos géneros.
La investigación geológica ha aportado
pruebas inconfundibles de que los fósiles de los especímenes más antiguos de un
determinado animal son muy parecidos a sus descendientes actuales. Por ejemplo,
las cucarachas fósiles halladas entre lo que se supone que son los fósiles de
insectos más antiguos son idénticas a las actuales. Hay una total ausencia de
fósiles de transición entre un “género” y otro. El caballo, el elefante, el
águila, el roble, el nogal, el helecho..., todos permanecen circunscritos a su
“género”, sin evolucionar hacia “géneros” distintos. El testimonio del registro
fósil concuerda plenamente con el relato bíblico de la creación, que muestra
que en el transcurso de los últimos días creativos Jehová creó todas las formas
de vida que existen sobre la Tierra en gran cantidad y “según sus géneros”. (Gé
1:20-25.)
Todo lo considerado permite deducir que Noé
pudo seleccionar las especies animales necesarias para preservarlas en el arca
durante el Diluvio. La Biblia no dice que tuviese que escoger un animal de
cada una de las variedades existentes. De hecho, dice: “De las criaturas
voladoras según sus géneros y de los animales domésticos según sus géneros, de
todos los animales movientes del suelo según sus géneros, dos de cada uno
entrarán a donde ti allí para conservarlos vivos”. (Gé
6:20; 7:14, 15.) Jehová Dios sabía que solo era necesario salvar especímenes
representativos de cada “género”, ya que después del Diluvio se reproducirían en
todas sus variedades.
Pero, ¿cabían en el arca todos los animales?
Aunque las enciclopedias clasifican a los animales en más de un millón de
especies, algunos investigadores han calculado que con únicamente 43 “géneros”
de mamíferos, 74 de aves y 10 de reptiles podría haberse originado la enorme
variedad de especies conocidas en la actualidad. Otros estiman que tan solo se
precisaban 72 “géneros” de cuadrúpedos y menos de 200 “géneros” de aves. El
arca tenía unos 40.000 m.3 de superficie utilizable, más que suficiente
para todos los “pasajeros”
Por otro lado, el que se seleccionaran
animales de cada “género” indicaba, otra vez,
que existían fronteras o límites bien definidos e inalterables
establecidos por el Creador, dentro de los cuales las criaturas eran capaces de
reproducirse “según sus géneros”. Algunos especialistas han calculado que los
centenares de miles de especies animales existentes hoy se podrían reducir a
comparativamente unas pocas familias genéricas o “géneros”, como la equina y la
bovina, por mencionar tan solo dos de ellas. Los límites que Jehová puso,
dentro de los cuales los animales se reproducían según su “género”, eran totalmente
infranqueables. La enorme variedad del género humano prueba que la gran
diversidad de animales existente en la actualidad desciende de un número
reducido de “géneros”. En efecto, de la familia de Noé han descendido las
diferentes razas, con sus incontables variaciones en tamaño, color del cabello,
de los ojos y de la piel.
Estos cálculos quizás les parezcan muy
restrictivos a algunas personas, en especial porque, según ciertas fuentes,
como la obra Historia Natural (edición de Fernando Carrogio, 1985, vol. 2,
pág. 8), el número de especies animales se estima, como he dicho, en
999.309 y, de acuerdo con esta misma fuente, para otros autores “es superior en
mucho al millón”. Sin embargo, se calcula que alrededor de un 60% de las
especies animales clasificadas son insectos. Por otra parte, se estima en
24.000 el grupo correspondiente a los anfibios, reptiles, aves y mamíferos, de
los que 10.000 corresponderían a las aves; 9.000, a los reptiles y anfibios
—muchos de ellos pudieron haber sobrevivido fuera del arca—, y tan solo 5.000
serían mamíferos, entre los que se encuentran las ballenas y las marsopas, que
también habrían permanecido fuera del arca. Otros eruditos calculan que solo
hay unas 290 especies de mamíferos terrestres mayores que la oveja y alrededor
de 1.360 son más pequeñas que las ratas. (The Deluge Story in Stone, de
B. C. Nelson, 1949, pág. 156; The Flood in the Light of the Bible,
Geology, and Archaeology, de A. M. Rehwinkel, 1957, pág. 69.) De
modo que, aun basando los cálculos en las cantidades más elevadas, el arca pudo
haber acomodado con facilidad a una pareja de todos estos animales.
Después que las aguas del Diluvio remitieron,
salieron del arca los relativamente pocos “géneros” de animales que habían sido
conservados con vida, se dispersaron por toda la superficie de la Tierra y, con
el transcurso del tiempo, produjeron una gran variedad dentro de sus
respectivos “géneros”. Aunque desde entonces han aparecido muchas variedades
nuevas, los “géneros” que sobrevivieron al Diluvio han permanecido invariables,
sin experimentar cambio alguno en plena concordancia con la inmutable palabra
de Jehová Dios. (Isa 55:8-11.)
Por otra parte, ¿significa la aparición
progresiva de las plantas y los animales que Dios se sirvió de la evolución
para producir la enorme diversidad de seres vivos? No. El relato dice
claramente que Dios creó todos los “géneros” básicos de plantas y animales
(Génesis 1:11, 12, 20-25). ¿Se dotó a estos “géneros” con la capacidad de
adaptarse a los cambios del medio? ¿Qué define los límites de un “género”?
La Biblia no lo dice. Pero sí nos dice que las criaturas vivas
“enjambraron según sus géneros” (Génesis 1:21). Esta afirmación da a entender
que las posibilidades de variación dentro de un “género” tienen un límite.
Tanto el registro fósil como las investigaciones recientes confirman que las
categorías fundamentales de plantas y animales han experimentado pocos cambios
a lo largo del tiempo.
Contrario al pensamiento de algunos
fundamentalistas, Génesis no enseña que el universo —incluidos la Tierra y
todos los seres vivos que la pueblan— fue creado en un breve espacio de tiempo
en un pasado no muy lejano. Al contrario, diversos aspectos de la
descripción que allí se da sobre la creación del universo y la aparición de la
vida en el planeta armonizan con los últimos descubrimientos científicos.
Debido a sus creencias filosóficas, numerosos
hombres de ciencia rechazan la afirmación bíblica de que Dios creó todas las
cosas. Resulta interesante, sin embargo, que Moisés escribió en el antiguo
libro de Génesis que el universo tuvo principio y que la vida apareció por
etapas, progresivamente, durante un largo lapso de tiempo. ¿De dónde obtuvo
Moisés hace tres mil quinientos años información tan exacta desde el punto de
vista científico? Existe una explicación lógica. Aquel que poseía el poder y la
sabiduría necesarios para crear los cielos y la Tierra le transmitió estos
conocimientos tan avanzados. Ello añade peso a la aseveración que hace la
propia Biblia de ser “inspirada de Dios” (2 Timoteo 3:16).
Llegados a este punto, tal vez usted se
pregunte qué importancia tiene el que uno crea o no en el relato bíblico
de la creación. A fin de cuentas, aunque parezca tener sentido lo que leemos en
él, es sólo una explicación alternativa para la misma pregunta fundamental. Sin
embargo, insisto en que deberíamos
reconsiderar ciertas posturas, eludiendo ser radicales o extremistas en nuestra
actitud hacia la Biblia.
En este orden, ¿Le ha pasado a usted que ha
juzgado mal a una persona sin conocerla? Quizás oyó a otros hablar de ella o
citar sus palabras. Pero resulta que cuando la conoció, descubrió que
no se parecía en nada a lo que le habían pintado. Esa ha sido la experiencia
de mucha gente con respecto a la Biblia.
Más de una persona educada la mira con
recelo. ¿Sabe por qué? Porque sus palabras muchas veces han sido tergiversadas
o citadas de tal manera que parecen ir contra la lógica, carecer de rigor
científico o estar totalmente equivocadas. ¿Será posible que este libro haya
sido presentado en falsos colores?
Como he señalado, el breve relato de cómo introdujo Dios
la vida en este planeta deja amplio margen para la investigación y las teorías
científicas. Lo que la Biblia sí dice es que Dios creó todas las formas de
vida y que los seres vivientes fueron hechos “según sus géneros” (Génesis
1:11, 21, 24). Estas declaraciones no concordarán con
determinadas teorías científicas, pero de ningún modo se oponen a los hechos
científicos probados. La historia de la ciencia muestra que las teorías
van y vienen, pero los hechos subsisten.
¿Importa acaso lo que usted crea? ¿Cree usted
que la vida tiene un propósito? El evolucionista William B. Provine
dice: “Lo que hemos aprendido sobre el proceso evolutivo tiene enormes
implicaciones para nosotros, pues influye en nuestra noción del sentido de la
vida”. ¿Y a qué conclusión llega? “No le encuentro un sentido cósmico
ni último a la vida humana.”
Evaluemos el significado de esas palabras.
Si, en efecto, la vida no tiene un sentido último, nuestra existencia
no tendría otro fin que el de tratar de hacer algún bien y quizás
transmitir nuestros genes a la siguiente generación. Al morir, dejaríamos
de existir para siempre. Nuestro cerebro, con su capacidad para pensar, razonar
y meditar en el sentido de la vida, sería un simple accidente de la naturaleza.
Si la evolución es una realidad, estamos
más que justificados para regirnos por el lema fatalista que dice:
“Comamos y bebamos, porque mañana hemos de morir” (1 Corintios
15:32). La Biblia, por su parte, enseña que “la fuente de la vida” está con
Dios (Salmo 36:9). Estas palabras conllevan profundas repercusiones. Si lo que
la Biblia dice es cierto, quiere decir que la vida sí tiene sentido. No se
alimente de fantasías. Las pruebas son contundentes: la vida es obra de un
Creador. El hecho de que aún no la hemos hallado en nuestro mismo vecindario
estelar da crédito a la aseveración registrada en la Biblia: “Porque esto es lo
que ha dicho Jehová, el Creador de los cielos, Él, el Dios [verdadero], el
Formador de la tierra y el Hacedor de ella, Él, Aquel que la estableció
firmemente, que no la creó sencillamente para nada, que la formó aun para ser
habitada” (Isaías 45:18). Sí, inspirado y lleno de agradecimiento, el salmista
cantó: “¡Cuántas son tus obras, oh Jehová! Con sabiduría las has hecho todas. La
tierra está llena de tus producciones” (Salmo 124:24). Lo exhorto a seguir
en pos de la verdad estudiando con sinceridad lo que la Biblia enseña. Hallará
respuestas fascinantes, lógicas y, sobre todo, basadas en pruebas convincentes.
Y eso no es casualidad.