viernes, 26 de diciembre de 2014

Creación & Evolución ― 1ra Parte

Evolución: la realidad tras la ficción



El
 humano, ser inevitable y persistentemente inquisitivo, pretende dar una explicación “satisfactoria” a su universo. Y, algunas de las respuestas propuestas a los acertijos más enigmáticos, revelan que nuestra imaginación desconoce fronteras. Sí, hemos trascendido lo descabellado al pretender responder los interrogantes más ancestrales.
Ya que la religión y la filosofía nos han decepcionado, hemos recurrido a la “piedra filosofal” del conocimiento, el “santo grial” de las respuestas: la ciencia. Acordamos totalmente en que al ser seres “racionales” hemos fiarnos de la razón al estudiar nuestra realidad. Si algo nos parece ilógico o no tenemos evidencias para demostrarlo, concluimos que es falso, una mentira, un mito.
Sin embargo, nuestro aprendizaje está sujeto a influencias externas e internas y se moldea por ellas. Presumimos de ser totalmente originales o pioneros con una idea, pero la verdad es que nuestro saber ha sido transmitido por otros y sus ideas migraron de su mente a la nuestra. Esas “ideas preconcebidas” nublan nuestro juicio, impidiéndonos ser neutrales e imparciales. Con prejuicios es imposible ser objetivos en las sentencias. Por tanto, creemos, no lo que deberíamos creer sino lo que nos gusta o agrada creer.
Por otro lado, solemos dar por sentadas ciertas ideas, como si tales fueran verdades absolutas e innegables. Y es que, mientras más popular es un enunciado, menos probable es que lo cuestionemos. Además, el prestigio es avasallante; si alguna idea cuenta con el respaldo de una figura de autoridad o esta es de su autoría, nos resignamos a secundarla sin reparos. Mas, esto es un error. No porque algo lo diga un científico es automáticamente cierto. De hecho, la comunidad científica está dividida: nunca hay un consenso enteramente unánime. Y esto es más marcado en lo que a las teorías se refiere, como la teoría de los agujeros negros, la teoría de las cuerdas, y hasta la mismísima teoría de la evolución.
Es cierto que una teoría es más que una simple conjetura. Me explico: mientras las hipótesis son postulados previos a los experimentos, las teorías son posteriores a estos. Las teorías, por consiguiente, validan las hipótesis y suelen ser concluyentes. No obstante, aun las teorías pueden estar sesgadas. Es decir, los resultados de los experimentos desacreditan algunas teorías por carecer de evidencias reales que las demuestren. Y, sin embargo, como el investigador no logra conciliar las observaciones primarias con la carencia de pruebas y sus convicciones personales, se arriesga a suponer que eventualmente tales “aparecerán”.
Hasta este punto es oportuno aclarar dos cosas: primero, la evolución legada por Darwin no cuenta con el respaldo de todos los científicos prominentes. Segundo, el evolucionar, o cambiar, es un hecho. Todo lo tangible e intangible en este universo nuestro está sujeto a cambios. La materia y la energía están constante e imperceptiblemente transformándose la una en la otra. Por ello, la materia que vemos en un instante ya no es la misma el otro.
Ahora bien, ¿cuáles son los puntos débiles de la teoría de la evolución? Por otra parte, ¿cómo se explica la diversidad de especies? Por último, si todo cambia, ¿hay límites infranqueables para tales cambios? ¿“Quién” establece las “leyes” de lo animado e inanimado?
“La evolución es una realidad tan innegable como el calor del Sol”, asevera el destacado biólogo evolucionista Richard Dawkins. Que el Sol es caliente, es demostrable tanto por observación directa como por experimentos. Pero ¿es posible probar de forma incuestionable la validez de la teoría de la evolución basándose en la observación y la experiencia?
Antes de responder a esta pregunta, cabe aclarar algo. Los científicos han notado que los seres vivos pueden experimentar cambios menores a lo largo de generaciones. Por ejemplo, mediante el cruzamiento selectivo, los criadores de perros obtienen individuos con patas más cortas o pelo más largo que sus antecesores. Algunos científicos engloban estos leves cambios bajo el nombre de microevolución.
Los evolucionistas afirman que la acumulación gradual de pequeños cambios en el lapso de miles de millones de años provocó los grandes cambios necesarios para que los peces se convirtieran en anfibios y los simios en hombres. Este hipotético proceso recibe el nombre de macroevolución.
Charles Darwin enseñó, por ejemplo, que las pequeñas variaciones observadas en la naturaleza indican que cambios mucho mayores —que nadie ha presenciado— también son posibles. Según él, ciertas formas de vida primigenia, supuestamente simples, sufrieron una serie de “modificaciones ligerísimas” a lo largo de vastos períodos de tiempo hasta originar los millones de formas vivas que hay en la Tierra.
Muchos consideran lógico este postulado. Razonan que si en una especie pueden ocurrir variaciones menores, ¿por qué no podría la evolución producir modificaciones mayores a lo largo de extensos períodos de tiempo? Pero la realidad es que la teoría evolucionista descansa sobre tres mitos. Veamos.
Mito 1. Las mutaciones proveen la materia prima para la creación de nuevas especies. La teoría de la macroevolución gira en torno a la idea de que las mutaciones —cambios aleatorios en el código genético de plantas y animales— pueden originar no solo nuevas especies, sino familias completamente nuevas.
Realidad. Muchos de los caracteres de las plantas y los animales vienen determinados por las instrucciones del código genético, los planos contenidos en el núcleo de cada célula. Aunque se ha descubierto que las mutaciones pueden producir alteraciones en los descendientes de los seres vivos, ¿generan de verdad especies enteramente nuevas? ¿Qué ha revelado un siglo de investigaciones en el campo de la genética?
A finales de la década de 1930, la comunidad científica abrazó efusivamente una novedosa idea. Si la selección natural —el proceso por el que las criaturas mejor adaptadas al medio sobreviven y se propagan— podía producir nuevas especies vegetales a partir de mutaciones aleatorias, como se pensaba, seguro que el hombre sería capaz de hacer lo mismo, y de un modo más efectivo, mediante la selección artificial de las mutaciones. “Se desató la euforia entre los biólogos en general y entre los genetistas y criadores en particular”, dice Wolf-Ekkehard Lönnig, científico del Instituto Max Planck para la Investigación de la Reproducción Vegetal en Alemania. ¿Por qué tanta euforia? Lönnig, quien lleva unos treinta años estudiando las mutaciones genéticas en vegetales, explica: “Los investigadores pensaron que había llegado la hora de revolucionar el método tradicional de crianza de plantas y animales. Creyeron que provocando mutaciones y seleccionando las que fueran beneficiosas obtendrían nuevas y mejores variedades”. Algunos hasta esperaban ver surgir especies completamente nuevas.
Gracias a generosos aportes, científicos de Estados Unidos, Asia y Europa pusieron en marcha programas de investigación en los que emplearon métodos que prometían acelerar el proceso evolutivo. ¿Qué resultados arrojaron más de cuatro decenios de intensa labor? “Pese a todo el dinero invertido —afirma el investigador Peter von Sengbusch—, los intentos de conseguir variedades de mayor rendimiento mediante radiación [para inducir mutaciones] fracasaron ostensiblemente.” Y Lönnig señala: “Para los años ochenta, las esperanzas y la euforia de los científicos habían terminado en un fracaso mundial. La selección por mutación como una rama autónoma de investigación fue abandonada por los países occidentales. Casi todos los mutantes [...] morían o eran más débiles que las variedades silvestres”.
Las investigaciones de cien años sobre las mutaciones en general y de setenta años sobre la selección por mutación en particular bastan para que los científicos determinen si es posible que las mutaciones generen nuevas especies. Después de examinar las pruebas, Lönnig concluyó: “Las mutaciones no pueden transformar una especie original [vegetal o animal] en otra totalmente nueva. Esta conclusión armoniza con los resultados de todos los experimentos y estudios sobre mutaciones realizados en el siglo XX, así como con las leyes de la probabilidad”.
Por tanto, ¿pueden las mutaciones convertir una especie determinada en una completamente distinta? Las pruebas demuestran que no. Los estudios de Lönnig lo llevaron a concluir que “las especies debidamente definidas tienen límites claros que las mutaciones accidentales no pueden eliminar ni traspasar”.
Lo anterior tiene muchas implicaciones. Si científicos consumados son incapaces de producir nuevas especies induciendo mutaciones y preservando las que sean útiles, ¿qué probabilidades hay de que un proceso carente de inteligencia lo haga mejor? Si las investigaciones demuestran que las mutaciones no pueden transformar una especie original en otra totalmente diferente, ¿cómo, entonces, podría tener lugar la macroevolución?
Mito 2. La selección natural condujo a la creación de nuevas especies. Darwin creía que el proceso que llamó selección natural favorecía a las formas de vida mejor adaptadas al medio y que las menos adaptadas al final se extinguían. En la actualidad, los evolucionistas enseñan que al dispersarse las especies y quedar aisladas, la selección natural preservó a los individuos cuyas mutaciones genéticas los hicieron más aptos para sobrevivir en el nuevo ambiente. Con el tiempo, conjeturan, estos grupos aislados dieron origen a especies totalmente nuevas.
La realidad. Como se ha señalado, las pruebas indican de manera enfática que las mutaciones no producen formas completamente nuevas de plantas o animales. Pues bien, ¿en qué se basan los evolucionistas para afirmar que la selección natural elige las mutaciones favorables a fin de crear nuevas especies? Un folleto editado en 1999 por la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos cita como ilustración “las trece especies de pinzones estudiados por Darwin en las Galápagos, hoy conocidos como pinzones de Darwin”.
En la década de 1970, un equipo de investigación dirigido por Peter y Rosemary Grant, de la Universidad de Princeton, estudiaron estos pinzones y descubrieron que tras un año de sequía en las islas, los de pico un poco más grande sobrevivieron mejor que los de pico más pequeño. Dado que la observación de la forma y el tamaño del pico constituye uno de los principales medios para distinguir cada una de las trece especies, se otorgó gran importancia a este hallazgo. El folleto de la Academia agrega: “Los Grant calculan que si, por término medio, ocurre una sequía por década, surgiría una nueva especie de pinzón al cabo de solo doscientos años”.
Sin embargo, el folleto no menciona que en los años posteriores a la sequía los pinzones de pico más pequeño volvieron a predominar. Los investigadores descubrieron que tras el cambio climático, los pájaros de pico más grande dominaron por un año, pero luego fue justo al revés. También notaron que algunas de las distintas “especies” se cruzaban y producían descendientes que sobrevivían mejor que sus progenitores. Concluyeron que, de persistir el cruce, podría darse el caso de que dos “especies” se fusionaran en una.
Entonces, ¿puede la selección natural realmente crear especies nuevas? Hace varias décadas, el biólogo evolucionista George Christopher Williams cuestionó si la selección natural tenía tal capacidad. En 1999, el teórico de la evolución Jeffrey H. Schwartz escribió que la selección natural quizás ayude a las especies a adaptarse a las cambiantes exigencias de la existencia, pero en ningún caso crea nada nuevo.
Efectivamente, los pinzones de Darwin no se han transformado en “nada nuevo”. Siguen siendo pinzones. Y el hecho de que se crucen pone en entredicho los criterios que emplean ciertos evolucionistas para definir una especie. El caso de estos pájaros también revela que hasta las más prestigiosas instituciones científicas son capaces de presentar la información de manera sesgada.
Mito 3. El registro fósil documenta los cambios de la macroevolución. El folleto antes mencionado deja al lector con la impresión de que los restos fósiles hasta ahora descubiertos documentan sobradamente la macroevolución. Dice: “Se han hallado tantas formas intermedias entre peces y anfibios, entre anfibios y reptiles, entre reptiles y mamíferos y dentro de la cadena evolutiva de los primates, que en muchos casos resulta difícil precisar cuándo se produce la transición de una especie a otra”.
La realidad. La anterior aseveración sorprende bastante. ¿Por qué? Niles Eldredge, acérrimo evolucionista, declara que el registro fósil no revela una acumulación gradual de cambios, sino que durante largos períodos de tiempo “se acumulan pocos o ningún cambio evolutivo en la mayoría de las especies”.
Al presente, por toda la Tierra se han desenterrado y catalogado unos doscientos millones de fósiles grandes y miles de millones de fósiles pequeños. Muchos científicos concuerdan en que este vasto y detallado registro prueba que los principales grupos de animales aparecieron de repente y se mantuvieron prácticamente inalterados, y que muchas especies desaparecieron con la misma rapidez con que llegaron.
¿Por qué insisten tantos evolucionistas prominentes en que la macroevolución es un hecho? El influyente evolucionista Richard Lewontin admitió con franqueza que muchos científicos no dudan en aceptar hipótesis no confirmadas porque tienen “un compromiso previo, un compromiso con el materialismo”. Se niegan a considerar siquiera la posibilidad de que exista un Diseñador inteligente porque, como escribe Lewontin, “no podemos permitir que un Ser Divino ponga el pie en la puerta”.
La revista Scientific American recoge el siguiente comentario del sociólogo Rodney Stark: “Desde hace doscientos años se viene promocionando la idea de que para ser un hombre de ciencia hay que liberar la mente de las cadenas de la religión”. También señala que en las universidades donde se realizan labores de investigación, “la gente religiosa se queda callada”.
Si vamos a aceptar como válida la teoría de la macroevolución, hay que creer que los científicos agnósticos o ateos no se dejarán influir por sus convicciones personales a la hora de interpretar sus hallazgos. Hay que creer que las mutaciones y la selección natural produjeron todas las formas complejas de vida, pese a que un siglo de investigaciones ha demostrado que las mutaciones no han transformado ni una sola especie debidamente definida en otra totalmente distinta. Hay que creer que todas las criaturas evolucionaron de manera gradual a partir de un antepasado común, aunque el registro fósil indique con contundencia que las principales clases de plantas y animales aparecieron de súbito y no evolucionaron hasta convertirse en otras, ni siquiera en el transcurso de millones de años. ¿Le parece que esta clase de creencia se basa en realidades, o en mitos? Sin duda, creer en la evolución es un acto de “fe”.
Pero aún queda una pregunta en pie: ¿cómo surgieron las especies?
Para contestar dicha pregunta, haremos acopio de un relato muy antiguo mas no arcaico: la narración de Génesis. Y, como  sucede en el caso de otras cosas que son mal representadas o malinterpretadas, el primer capítulo de la Biblia merece por lo menos una audiencia imparcial. Lo que es necesario hacer es investigar con el fin de determinar si la narración armoniza con los hechos conocidos, no amoldarla de modo que encaje en alguna armazón teórica. También debe recordarse que el relato de Génesis no fue escrito para mostrar el “cómo” de la creación. Más bien, informa progresivamente sobre acontecimientos abarcadores e importantes; describe las cosas que fueron formadas, el orden en que se dio forma a estas, y el espacio de tiempo, o “día”, en que cada una apareció originalmente.
Al examinar el relato de Génesis, es útil tener presente que este aborda los asuntos desde el punto de vista de un observador terrestre.
Muchas personas sostienen que la ciencia refuta el relato bíblico de la creación. Sin embargo, la verdadera contradicción no es entre la ciencia y la Biblia, sino entre la ciencia y las opiniones de fundamentalistas cristianos, como los creacionistas. Varios de estos grupos defienden el falso concepto de que la Biblia enseña que el universo físico fue creado en seis días de veinticuatro horas hace unos diez mil años.
No obstante, la Biblia no respalda tal conclusión. Si lo hiciera, muchos de los descubrimientos científicos de los últimos cien años la desacreditarían, y con razón. Un análisis cuidadoso del texto bíblico revela que este no choca con los hechos científicos demostrados. Antes de aludir a lo que las Escrituras dicen sobre el origen de las especies veamos qué enseñan realmente estas sobre otros asuntos relacionados con el particular.
El Génesis se abre con esta sencilla y poderosa declaración: “En el principio Dios creó los cielos y la tierra” (Génesis 1:1). Algunos eruditos coinciden en que aquí se describe una acción distinta de la actividad que tuvo lugar en los días creativos mencionados a partir del versículo 3. Las palabras de apertura de la Biblia son de gran trascendencia, pues indican que el universo, incluida la Tierra, ya había existido por una cantidad indefinida de tiempo antes de que comenzaran los días creativos.
Los geólogos calculan la edad de la Tierra en cuatro mil millones de años, y los astrónomos estiman la del universo en quince mil millones. ¿Contradicen estas cifras, o los nuevos cálculos que puedan venir en el futuro, las palabras de Génesis 1:1? No, pues la Biblia no precisa la edad real de “los cielos y la tierra”. Así que la ciencia no desmiente el texto bíblico.
Ahora bien, ¿fueron los días creativos períodos de veinticuatro horas? Hay quienes afirman que como Moisés —el escritor de Génesis— relacionó el día de descanso que siguió a los seis días creativos con el sábado semanal, cada uno debió durar veinticuatro horas literales (Éxodo 20:11). ¿Avalan las palabras de Génesis esta conclusión?
No. El caso es que la palabra hebrea que se traduce “día” puede designar espacios de tiempo de diversa duración, no solo de veinticuatro horas. Por ejemplo, al resumir la obra creativa de Dios, Moisés englobó los seis días de la creación en uno solo (Génesis 2:4). Por otra parte, el primer “día” creativo, “Dios empezó a llamar a la luz Día, pero a la oscuridad llamó Noche” (Génesis 1:5). Aquí, el término “día” se aplica a una fracción del período de veinticuatro horas. Queda claro, pues, que la hipótesis de que cada día creativo duró veinticuatro horas es arbitraria y carece de fundamento bíblico.
Entonces, ¿cuánto duraron los días creativos? Aunque la Biblia no lo especifica, la redacción de los capítulos 1 y 2 de Génesis indica que se trató de extensos períodos de tiempo.
Moisés escribió su relato en hebreo, y lo hizo desde la perspectiva de un observador terrestre. Estos dos factores, aunados al hecho de que el universo ya existía antes de que empezaran los días, o períodos creativos, ayudan a difuminar en gran parte la polémica en torno al relato de la creación. ¿De qué manera?
Un examen atento del relato bíblico deja ver que algunos sucesos que se iniciaron en un “día” concreto se extendieron a uno o más de los siguientes “días”. Así, por ejemplo, antes de que comenzara el primer “día” creativo, ya existía el Sol; pero había algo, posiblemente nubes densas, que impedía que su luz alcanzara la superficie terrestre (Job 38:9). En el transcurso del primer “día” empezó a disiparse dicha barrera, permitiendo el paso de la luz difusa a través de la atmósfera.
El segundo “día”, la atmósfera evidentemente siguió despejándose, creando un espacio entre las densas nubes arriba y el océano abajo. El cuarto “día”, la atmósfera se aclaró tanto que el Sol y la Luna se hicieron visibles “en la expansión de los cielos” (Génesis 1:14-16). En otras palabras, desde la perspectiva de un observador en la Tierra, empezaron a divisarse el Sol y la Luna. Estos acontecimientos se produjeron de forma paulatina.
El relato de Génesis también dice que en el quinto “día”, según iba aclarándose la atmósfera, fueron apareciendo las aves y, al parecer, los insectos voladores y otras criaturas con alas membranosas.
La narración bíblica deja abierta la posibilidad de que algunos de los principales sucesos de cada “día”, o período creativo, ocurrieran de un modo gradual y no instantáneo y de que incluso se prolongaran hasta los siguientes “días”.
Por otro lado, el relato de la creación que se encuentra en el primer capítulo de Génesis manifiesta que Jehová Dios creó a todas las criaturas vivientes de la Tierra “según sus géneros”. (Gé 1:11) Hacia la parte final del sexto día creativo ya habían sido creadas gran variedad de familias ‘genéricas’ básicas sobre la Tierra, que comprendían formas de vida muy complejas, todas ellas con la facultad de reproducirse, de acuerdo con un patrón fijo y ordenado, “según sus géneros”. (Gé 1:12, 21, 22, 24, 25; 1Co 14:33.)
Los “géneros” mencionados en la Biblia parecen constituir divisiones de formas de vida, en las cuales pueden producirse cruces fértiles. En tal caso, el límite que separa unos “géneros” de otros tiene que trazarse en el punto donde ya es imposible la fertilización.
En años recientes el término “especie” se ha usado de tal manera que ha causado confusión al compararlo con la palabra “género”. El sentido primario de “especie” es “conjunto de cosas que forman un grupo, por tener uno o varios caracteres comunes”, pero en el campo de la biología se aplica a conjuntos de animales o plantas que pueden fecundar entre sí y que tienen una o varias características comunes. Por lo tanto, podría haber muchas especies o variedades dentro de cada uno de los ‘géneros’ de Génesis.
Tanto por la explicación de la creación que se da en la Biblia como por las leyes implantadas por Dios para el control del mundo natural, es perfectamente explicable la gran diversidad que se observa dentro de cada “género” creado, pero no hay base alguna para sostener, como hacen algunos, que desde que terminó el período creativo han aparecido nuevos “géneros”. La regla invariable de que no puede haber procreación entre “géneros” distintos responde a un principio biológico hasta la fecha incuestionable. Ni siquiera con la ayuda de avanzados laboratorios y la tecnología moderna se han podido formar en la actualidad nuevos “géneros”. Además, la fecundación entre “géneros” distintos afectaría el propósito divino de tener familias genéricas separadas y destruiría la individualidad de las diversas especies de criaturas vivientes, flora y fauna en general. Por consiguiente, en vista de la evidente diferenciación de los “géneros” creados, se puede considerar que un “género” es una unidad separada e independiente de los demás.
Desde que existen registros hasta hoy, los perros siempre han sido perros, los gatos, gatos, y los elefantes han sido y serán elefantes. La esterilidad sigue siendo el factor delimitante de lo que constituye un “género”. Este fenómeno hace posible —mediante la prueba de la esterilidad— determinar los límites de todos los “géneros” que existen hoy. Mediante esta prueba natural de fertilización, es posible descubrir las relaciones primarias dentro del mundo animal y vegetal. Por ejemplo, la frontera de la esterilidad representa un vacío infranqueable entre el hombre y los animales. Pruebas de apareamiento que se han realizado demuestran que el mero parecido entre dos “géneros” no es un criterio válido para catalogarlos como de la misma especie. Si bien el hombre y el chimpancé tienen algún parecido entre sí, músculos y osamenta semejantes, la total imposibilidad de conseguir un híbrido de hombre y antropoide demuestra que estamos ante dos creaciones separadas que no corresponden al mismo “género” creado.
Hubo un tiempo en el que se pensó que la hibridación sería el mejor medio de producir un nuevo “género”, pero en todos los casos en los que supuestamente se había conseguido un resultado positivo, se pudo demostrar con relativa facilidad que los individuos apareados eran de un mismo “género”, como en el caso del caballo y del burro, ambos équidos. El resultado de este cruce es la mula, que, salvo en raras excepciones, es estéril y, por lo tanto, incapaz de reproducirse por el medio natural. El propio Charles Darwin se vio obligado a reconocer que la “distinción de las formas específicas y el no estar ligadas entre sí por innumerables [eslabones] de transición, es una dificultad muy evidente”. (El origen de las especies, editorial EDAF, 1985, cap. 10, pág. 315.) Esta afirmación sigue siendo cierta.
Si bien es posible que el número de “géneros” creados se limite a unos centenares, existen en el mundo muchas más variedades de animales y plantas. Según la investigación moderna, en una misma familia botánica puede haber hasta centenares de miles de plantas diferentes. Algo parecido sucede en el reino animal; por ejemplo, en el “género” de los félidos puede haber una gran variedad de gatos, al igual que hay variedad entre los bóvidos, los cánidos y hasta en la especie humana, lo que ha producido una gran diversidad dentro de cada “género”. Pero aun así, prevalece un hecho fundamental: sin importar cuánta variedad haya dentro de ellos no puede haber fusión genética entre estos géneros.
La investigación geológica ha aportado pruebas inconfundibles de que los fósiles de los especímenes más antiguos de un determinado animal son muy parecidos a sus descendientes actuales. Por ejemplo, las cucarachas fósiles halladas entre lo que se supone que son los fósiles de insectos más antiguos son idénticas a las actuales. Hay una total ausencia de fósiles de transición entre un “género” y otro. El caballo, el elefante, el águila, el roble, el nogal, el helecho..., todos permanecen circunscritos a su “género”, sin evolucionar hacia “géneros” distintos. El testimonio del registro fósil concuerda plenamente con el relato bíblico de la creación, que muestra que en el transcurso de los últimos días creativos Jehová creó todas las formas de vida que existen sobre la Tierra en gran cantidad y “según sus géneros”. (Gé 1:20-25.)
Todo lo considerado permite deducir que Noé pudo seleccionar las especies animales necesarias para preservarlas en el arca durante el Diluvio. La Biblia no dice que tuviese que escoger un animal de cada una de las variedades existentes. De hecho, dice: “De las criaturas voladoras según sus géneros y de los animales domésticos según sus géneros, de todos los animales movientes del suelo según sus géneros, dos de cada uno entrarán a donde ti allí para conservarlos vivos”. (Gé 6:20; 7:14, 15.) Jehová Dios sabía que solo era necesario salvar especímenes representativos de cada “género”, ya que después del Diluvio se reproducirían en todas sus variedades.
Pero, ¿cabían en el arca todos los animales? Aunque las enciclopedias clasifican a los animales en más de un millón de especies, algunos investigadores han calculado que con únicamente 43 “géneros” de mamíferos, 74 de aves y 10 de reptiles podría haberse originado la enorme variedad de especies conocidas en la actualidad. Otros estiman que tan solo se precisaban 72 “géneros” de cuadrúpedos y menos de 200 “géneros” de aves. El arca tenía unos 40.000 m.3 de superficie utilizable, más que suficiente para todos los “pasajeros”
Por otro lado, el que se seleccionaran animales de cada “género” indicaba, otra vez,  que existían fronteras o límites bien definidos e inalterables establecidos por el Creador, dentro de los cuales las criaturas eran capaces de reproducirse “según sus géneros”. Algunos especialistas han calculado que los centenares de miles de especies animales existentes hoy se podrían reducir a comparativamente unas pocas familias genéricas o “géneros”, como la equina y la bovina, por mencionar tan solo dos de ellas. Los límites que Jehová puso, dentro de los cuales los animales se reproducían según su “género”, eran totalmente infranqueables. La enorme variedad del género humano prueba que la gran diversidad de animales existente en la actualidad desciende de un número reducido de “géneros”. En efecto, de la familia de Noé han descendido las diferentes razas, con sus incontables variaciones en tamaño, color del cabello, de los ojos y de la piel.
Estos cálculos quizás les parezcan muy restrictivos a algunas personas, en especial porque, según ciertas fuentes, como la obra Historia Natural (edición de Fernando Carrogio, 1985, vol. 2, pág. 8), el número de especies animales se estima, como he dicho, en 999.309 y, de acuerdo con esta misma fuente, para otros autores “es superior en mucho al millón”. Sin embargo, se calcula que alrededor de un 60% de las especies animales clasificadas son insectos. Por otra parte, se estima en 24.000 el grupo correspondiente a los anfibios, reptiles, aves y mamíferos, de los que 10.000 corresponderían a las aves; 9.000, a los reptiles y anfibios —muchos de ellos pudieron haber sobrevivido fuera del arca—, y tan solo 5.000 serían mamíferos, entre los que se encuentran las ballenas y las marsopas, que también habrían permanecido fuera del arca. Otros eruditos calculan que solo hay unas 290 especies de mamíferos terrestres mayores que la oveja y alrededor de 1.360 son más pequeñas que las ratas. (The Deluge Story in Stone, de B. C. Nelson, 1949, pág. 156; The Flood in the Light of the Bible, Geology, and Archaeology, de A. M. Rehwinkel, 1957, pág. 69.) De modo que, aun basando los cálculos en las cantidades más elevadas, el arca pudo haber acomodado con facilidad a una pareja de todos estos animales.
Después que las aguas del Diluvio remitieron, salieron del arca los relativamente pocos “géneros” de animales que habían sido conservados con vida, se dispersaron por toda la superficie de la Tierra y, con el transcurso del tiempo, produjeron una gran variedad dentro de sus respectivos “géneros”. Aunque desde entonces han aparecido muchas variedades nuevas, los “géneros” que sobrevivieron al Diluvio han permanecido invariables, sin experimentar cambio alguno en plena concordancia con la inmutable palabra de Jehová Dios. (Isa 55:8-11.)
Por otra parte, ¿significa la aparición progresiva de las plantas y los animales que Dios se sirvió de la evolución para producir la enorme diversidad de seres vivos? No. El relato dice claramente que Dios creó todos los “géneros” básicos de plantas y animales (Génesis 1:11, 12, 20-25). ¿Se dotó a estos “géneros” con la capacidad de adaptarse a los cambios del medio? ¿Qué define los límites de un “género”? La Biblia no lo dice. Pero sí nos dice que las criaturas vivas “enjambraron según sus géneros” (Génesis 1:21). Esta afirmación da a entender que las posibilidades de variación dentro de un “género” tienen un límite. Tanto el registro fósil como las investigaciones recientes confirman que las categorías fundamentales de plantas y animales han experimentado pocos cambios a lo largo del tiempo.
Contrario al pensamiento de algunos fundamentalistas, Génesis no enseña que el universo —incluidos la Tierra y todos los seres vivos que la pueblan— fue creado en un breve espacio de tiempo en un pasado no muy lejano. Al contrario, diversos aspectos de la descripción que allí se da sobre la creación del universo y la aparición de la vida en el planeta armonizan con los últimos descubrimientos científicos.
Debido a sus creencias filosóficas, numerosos hombres de ciencia rechazan la afirmación bíblica de que Dios creó todas las cosas. Resulta interesante, sin embargo, que Moisés escribió en el antiguo libro de Génesis que el universo tuvo principio y que la vida apareció por etapas, progresivamente, durante un largo lapso de tiempo. ¿De dónde obtuvo Moisés hace tres mil quinientos años información tan exacta desde el punto de vista científico? Existe una explicación lógica. Aquel que poseía el poder y la sabiduría necesarios para crear los cielos y la Tierra le transmitió estos conocimientos tan avanzados. Ello añade peso a la aseveración que hace la propia Biblia de ser “inspirada de Dios” (2 Timoteo 3:16).
Llegados a este punto, tal vez usted se pregunte qué importancia tiene el que uno crea o no en el relato bíblico de la creación. A fin de cuentas, aunque parezca tener sentido lo que leemos en él, es sólo una explicación alternativa para la misma pregunta fundamental. Sin embargo, insisto en que  deberíamos reconsiderar ciertas posturas, eludiendo ser radicales o extremistas en nuestra actitud hacia la Biblia.
En este orden, ¿Le ha pasado a usted que ha juzgado mal a una persona sin conocerla? Quizás oyó a otros hablar de ella o citar sus palabras. Pero resulta que cuando la conoció, descubrió que no se parecía en nada a lo que le habían pintado. Esa ha sido la experiencia de mucha gente con respecto a la Biblia.
Más de una persona educada la mira con recelo. ¿Sabe por qué? Porque sus palabras muchas veces han sido tergiversadas o citadas de tal manera que parecen ir contra la lógica, carecer de rigor científico o estar totalmente equivocadas. ¿Será posible que este libro haya sido presentado en falsos colores?
Como he señalado, el breve relato de cómo introdujo Dios la vida en este planeta deja amplio margen para la investigación y las teorías científicas. Lo que la Biblia sí dice es que Dios creó todas las formas de vida y que los seres vivientes fueron hechos “según sus géneros” (Génesis 1:11, 21, 24). Estas declaraciones no concordarán con determinadas teorías científicas, pero de ningún modo se oponen a los hechos científicos probados. La historia de la ciencia muestra que las teorías van y vienen, pero los hechos subsisten.
¿Importa acaso lo que usted crea? ¿Cree usted que la vida tiene un propósito? El evolucionista William B. Provine dice: “Lo que hemos aprendido sobre el proceso evolutivo tiene enormes implicaciones para nosotros, pues influye en nuestra noción del sentido de la vida”. ¿Y a qué conclusión llega? “No le encuentro un sentido cósmico ni último a la vida humana.”
Evaluemos el significado de esas palabras. Si, en efecto, la vida no tiene un sentido último, nuestra existencia no tendría otro fin que el de tratar de hacer algún bien y quizás transmitir nuestros genes a la siguiente generación. Al morir, dejaríamos de existir para siempre. Nuestro cerebro, con su capacidad para pensar, razonar y meditar en el sentido de la vida, sería un simple accidente de la naturaleza.
Si la evolución es una realidad, estamos más que justificados para regirnos por el lema fatalista que dice: “Comamos y bebamos, porque mañana hemos de morir” (1 Corintios 15:32). La Biblia, por su parte, enseña que “la fuente de la vida” está con Dios (Salmo 36:9). Estas palabras conllevan profundas repercusiones. Si lo que la Biblia dice es cierto, quiere decir que la vida sí tiene sentido. No se alimente de fantasías. Las pruebas son contundentes: la vida es obra de un Creador. El hecho de que aún no la hemos hallado en nuestro mismo vecindario estelar da crédito a la aseveración registrada en la Biblia: “Porque esto es lo que ha dicho Jehová, el Creador de los cielos, Él, el Dios [verdadero], el Formador de la tierra y el Hacedor de ella, Él, Aquel que la estableció firmemente, que no la creó sencillamente para nada, que la formó aun para ser habitada” (Isaías 45:18). Sí, inspirado y lleno de agradecimiento, el salmista cantó: “¡Cuántas son tus obras, oh Jehová! Con sabiduría las has hecho todas. La tierra está llena de tus producciones” (Salmo 124:24). Lo exhorto a seguir en pos de la verdad estudiando con sinceridad lo que la Biblia enseña. Hallará respuestas fascinantes, lógicas y, sobre todo, basadas en pruebas convincentes. Y eso no es casualidad.