domingo, 17 de mayo de 2015

Dimensión Desconocida

Cielo


E
n la Biblia, las palabras hebreas y griegas traducidascieloproducen un polisémico, pues, atendiendo al contexto en que se emplea, adquiere distintos significados. Este escrito tratará exclusivamente de la acepción referida a la morada divina.
Para quien no ha estado en esa dimensión es prácticamente imposible comprenderla. Es como intentar describir los colores a un ciego nato o una melodía sinfónica a un sordo congénito. Por ello, las Escrituras aluden a realidades celestiales mediante antropomorfismos y alegorías inspiradas en nuestra dimensión. Por ejemplo, tanto al Creador, su “unigénito” y al resto de criaturas angélicas son atribuidos anatomía y acciones humanoides (como sentarse, erguirse, escribir, hablar, aferrar, cabalgar, ver, oír, etc.). De hecho, a los querubines se les describe como criaturas polifacéticas (cada rostro de un ser terrestre distinto), con tres pares de alas y multiplicidad de ojos. Además, tanto ellas como los serafines y ángeles de menor rango, al ser alados, pueden “volar”.
Claro, todos esos son símbolos; no son literales. ¿Cómo lo sabemos? Es que al ser inmateriales, los seres espirituales no tienen cuerpos tangibles, así que no precisan piernas o alas para desplazarse u ojos y oídos para ver y oír; los átomos y las fuerzas que los gobiernan no los definen. Por ello, aunque muchos profetas “vieron” y “oyeron” sucesos ocurridos en el cielo, en realidad no pudieron “entender” lo que presenciaban (Da 12:8). El propio Jesús dijo: “Si les he dicho cosas terrenales y sin embargo no creen, ¿cómo creerán si les digo cosas celestiales?” (Jn 3:12). , como es una dimensión desconocida y totalmente ajena a la nuestra, es incomprensible estando fuera de ella.
Por otra parte, es significativo que el relato creativo del Génesis sea totalmente compatible con los descubrimientos científicos a pesar de emplear un lenguaje tan sencillo, como si se tratase de la perspectiva de un observador terrestre. Es como explicar física cuántica incluyendo ilustraciones ordinarias.
Ahora bien, ¿Es posible ir al cielo? Claro, pero como “carne y sangre no puedenacceder a esta dimensión, esto implica que el humano transferido tiene que sufrir una transformación: tiene que “nacer de nuevo” (Jn 3:3). En efecto, deja de ser materia para convertirse en un ser espiritual; es “cambiado” (1 Co 15:50,51). Dicho cambio es tan radical que es considerado una “nueva creación” (2 Co 5:17). Una vez allá, ‘ni se casa ni se da en matrimonio. De hecho, tampoco puede ya morir, porque es como los ángeles’ (Lu 20:35,36). Es como el viento que “sopla donde quiere”, invisible e impredecible (Jn 3:8).
Por otro lado, ¿Puede alguien de la región de los espíritus infiltrarse en nuestro mundo? En absoluto. De hecho, algunos demonios se materializaron cuerpos humanos en tiempos de Noé y hasta engendraron una prole híbrida (semidioses). Durante el diluvio, se despojaron de sus cuerpos corruptibles y eludieron la muerte. Desde entonces, están limitados; sólo pueden habitar el cuerpo de un humano y controlarlo (posesión demoníaca). Otra vez, esto es posible debido a que son etéreos. De lo contrario, dos cuerpos no pueden ocupar el mismo lugar en el espacio.
La verdad es que los humanos somos miopes respecto a lo que podemos conocer. Nos cuesta comprender hasta las formas de vida más simples o aún el átomo. Y es que, desde lo inconmensurable hasta lo infinitesimal, las galaxias y el mundo cuántico, todo es materia y energía ordinarias y está sujeto a leyes físico-químicas inquebrantables. Aun así, toda esa materia y energía constituye solo un 4% de la composición del cosmos, el resto es un 22% materia oscura y un 74% energía oscura, o sea, energía incomprendida.
Para empeorar las cosas, el tejido cósmico de espacio-tiempo es relativo. No es que sea ficticio sino que nos gasta bromas, pues es ilusorio. Me explico: para interactuar con nuestro entorno nos valemos de nuestros órganos sensoriales. Sin embargo, el conocimiento adquirido es una interpretación ofrecida por la comunidad de neuronas que, mediante actividad electroquímica, transforma dichas señales o estímulos en ondas electromagnéticas. Por tanto, los colores y formas que vemos, los sonidos que oímos, etc. está limitado a lo que podemos percibir y su interpretación por nuestro cerebro.
Detengámonos un momento y reflexionemos en esto más detalladamente. La luz que vemos constituye una estrecha franja en el espectro electromagnético. Las demás ondas son indetectables. Así que la luz infrarroja, la polarizada, la ultravioleta, etc. todas ellas pasan inadvertidas. Lo mismo ocurre con las ondas sonoras. Las que se propagan con una frecuencia ultrasónica o infrasónica son imperceptibles. Además, lo que vemos depende del comportamiento de la luz sobre las superficies donde incide. Efectos como la refracción y reflexión de esta y la iridiscencia son intrigantes.
Paralelamente, consideremos también los sabores y olores artificiales y los efectos placebo de los medicamentos. O el identificar un objeto estando con los ojos vendados y al final descubrir que nuestro tacto nos mintió. Aún más, condiciones fisio-psicológicas como el daltonismo, la sinestesia y ciertos tipos de autismo conducen hacia una interpretación distinta de la realidad. En fin, las apariencias engañan. En todos los casos los sentidos juegan con nuestra interpretación de la realidad, impidiéndonos describirla objetivamente. ¡Qué osados somos al pretender entender dimensiones y realidades ajenas a esta!
En cambio, el Creador no está sujeto a las leyes que rigen nuestra realidad. Como ser interdimensional, el espacio no lo restringe y el tiempo no le afecta. Es el “Anciano de Días”, el “alfa y el omega”. No mora ni “en templos hechos de manos” ni en el entero universo. No está allí ni allá ni en todas partes a la vez. Sin embargo, al estar en otra dimensión tiene una posición privilegiada para comprender todo y estar al tanto de todo, por eso es Omnisapiente y da la impresión de ser omnipresente. Para quienes están acostumbrados a medir el paso del tiempo por la evolución de las cosas, las cuales inician, se desarrollan, se deterioran y finalmente dejan de ser, la sola posibilidad de algo sin principio ni final y que no haya cambiado es inaudito, inadmisible. Lo finito es antagónico a lo infinito.
Por cierto, la materia y la energía son interconvertibles. No podemos crear materia ni energía porque la cantidad de materia y energía hoy existentes en nuestro universo ha sido la misma desde el inicio. No obstante, podemos transformar la energía en materia y viceversa. Por igual, la energía puede adoptar diversas formas y la materia, mediante reacciones químicas y nucleares, se convierte en otras sustancias. Y, sin embargo, tales ciclos de producción y degradación son perpetuos e inalterables. Así que las cosas cambian y continuarán cambiando.
Nuestra dimensión debe parecer, desde una perspectiva divina, una simulación, una “realidad virtual”, una “copia de la realidad” pero no la realidad misma, como ocurría con el tabernáculo y el templo espiritual. Bien lo dice la Biblia: “en el cielo, ni polilla ni moho consumen”, nada se deteriora, nada cambia ni se transforma (Mt 6:20). En ese sentido, se podría decir que el cielo es más real que todo el cosmos, pues “las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (2 Cl 4:18).
Pero no nos frustremos. El hecho de que algo sea incomprensible no descarta su existencia. Por ejemplo, los científicos no comprenden del todo la dualidad onda-partícula de los fotones y electrones, el mundo subatómico con sus quarks, leptones, fermiones y bosones y el entrelazamiento cuántico. El principio de incertidumbre impide que determinemos la posición y velocidad de tales partículas.
Por otra parte, las teorías general y restringida (especial) de la relatividad de Einstein nos advierten que todo es relativo, que podemos viajar en el tiempo y que los objetos supermasivos distorsionan el espacio-tiempo. De hecho, la velocidad con que se mueve la materia afecta su densidad y el paso del tiempo en torno a ella. Además, al estar en movimiento, podemos viajar hacia el pasado o hacia el futuro en relación a un punto determinado del cosmos.
Como hemos visto, nuestra misma dimensión está llena de acertijos enigmáticos. Por consiguiente, evitemos ser categóricos en las sentencias y radicales en los juicios. La investigación científica tiene sus limitaciones: ha de basarse en la observación y el estudio, pues de lo contrario sería pura teoría o especulación. Como “Dios es un Espíritu”, no pueden aplicársele los métodos científicos de escrutinio (Jn 4:24).
Por tanto, es arrogante rechazar la fe en Dios argumentando que carece de rigor científico. Sir Vincent Wigglesworth, de la Universidad de Cambridge, comentó que el método científico es “un enfoque de tipo religioso”. ¿En qué sentido? “Se funda en la fe incuestionable en que los fenómenos naturales se conforman a las ‘leyes de la naturaleza’”, añadió. De modo que ¿no está sustituyéndose un tipo de fe por otro cuando se niega la existencia de Dios? A veces, la incredulidad es producto del rechazo deliberado de la realidad. “El inicuo, conforme a su altanería, no hace investigación; todas sus ideas son: ‘No hay Dios’”, escribió el salmista (Sl 10:4).
El Creador, Artífice del cosmos, existe y manipula su creación a voluntad como lo hace un alfarero con el barro o un diseñador de software con un videojuego. Son tan claras las pruebas de su existencia y, nosotros, que somos seres racionales, podemos verlas, que carecemos de motivos para ignorarlas. Así es, quienes no las ven y se niegan a creer en Dios “son inexcusables”. Si queremos conocerlo y ser sus amigos tenemos que acercarnos a él.
“Estando él en otra dimensión, es imposible conocerlo y acercarse a él” Quizá repliquemos. Mas, por sorprendente que parezca, Dios es inteligible, pues se nos ha revelado a través de su creación. “Las cualidades invisibles de [Dios] se ven claramente desde la creación del mundo en adelante, porque se perciben por las cosas hechas, hasta su poder [eterno] y Divinidad, de modo que ellos son inexcusables” (Ro 1:20). Tal como un artista firma su obra de arte, la creación lleva la firma de su Creador. “Los cielos están declarando la gloria de Dios; y de la obra de sus manos la expansión está informando” (Sl 19:1).
Aunque su grandeza es sublime, quienes sinceramente desean acercarse a él siempre pueden hacerlo. Y es que él “no está muy lejos de cada uno de nosotros (Hch 17:27). Con todo, las únicas personas a las que él concede tal intimidad son las que, como Pablo dijo, están dispuestas a ‘buscarlo’, e incluso a ‘buscarlo a tientas’. , podemos estar seguros de que él recompensará nuestros esfuerzos; “verdaderamente lo halla[remos]”.